La historia de la aviación, tal como la conocemos, es bastante compleja por la variedad de intentos desarrollados por el hombre en procura de levantar sus pies del suelo, un anhelo que se remonta prácticamente a la prehistoria. Pero los orígenes de la aeronáutica datan de principios del siglo XX, entre los escarceos de los hermanos Wright, en diciembre de 1903, y el primer avión auto impulsado y controlado por Alberto Santos Dumont, en octubre de 1906, en el campo de Bagatelle, cercano a París. Curiosamente, los registros que dan cuenta del primer accidente aéreo datan de 1908, cuando un modelo diseñado por los hermanos Wright se precipitó a tierra tras la rotura de una de sus hélices. Orville Wright, su piloto, sobreviviría luego de permanecer hospitalizado durante un buen tiempo, pero su acompañante Thomas Selfridge murió a poco de ser intervenido quirúrgicamente.
Desde ese entonces la aviación comercial, por no hablar de los sofisticados aparatos militares, ha dado un salto gigantesco. Comparemos la mesurada velocidad y altura alcanzada por aquellos aeroplanos con los más de diez mil pies a que asciende cualquiera de los actuales aviones de línea, impulsado por poderosos reactores, y solo así podremos considerar la tragedia de una deflagración en pleno vuelo, por ejemplo, aún contando con elementos que antes ni siquiera eran imaginables. Los hermanos Wright, en sus intentos, sufrieron accidentes menores pero la naturaleza del vuelo y sus condiciones no daban más que para un porrazo; hoy salir indemne de un accidente aéreo es como sacarse la lotería y que encima no te descuenten impuestos.
Un viejo conocido de este servidor, piloto civil aficionado, sufrió durante un vuelo nocturno un grave percance técnico que le obligó a un amarizaje de emergencia frente a las costas del sur de Brasil. En medio de la oscuridad, tras destrozar el tren de aterrizaje en un morro, dio de lleno en la playa y el Piper J-3 que tripulaba fue golpeado por las olas hasta quedar prácticamente destrozado, aunque el piloto fue rescatado por un grupo de pescadores nativos sin sufrir mayores consecuencias. Perturbando a una audiencia atónita solía relatar su aventura, una y otra vez, jurando que no había nada más seguro y noble que un Piper J-3. Y claro que no, años después moriría tras estrellar su Peugeot contra un camión en la Ruta 14, en las cercanías de Ceibas, mientras viajaba a Buenos Aires.
Lejos del temor , nunca me preocupé por la suerte que pudiera correr en un eventual accidente aéreo, por el contrario disfruté todos los vuelos, sin excepción. Recuerdo uno, más corto de lo habitual, porque las condiciones climáticas eran tan favorables que el piloto prácticamente no forzó los motores, pero el regreso –en el mismo día- fue tan ajetreado que para jugar generala no hubiera sido necesario agitar el cubilete. No todos estimulan el morbo de esa manera, claro; un amigo que suele merodear este blog juró nunca más subir a un avión desde aquella vez en que, visitando la cabina, vio como la tripulación conversaba animadamente sin darle importancia a los controles.
Hace apenas unas horas Leah solicitó el canje del programa de viajero frecuente a la aerolínea de bandera local. Es que finalmente nos pusimos de acuerdo en la conveniencia del canje, a veinticuatro horas de su vencimiento, claro. Y viajaríamos, si cabe, en poco más de un mes a uno de los puntos más interesantes de la Argentina, por tercera vez. Después de la cena, entusiasmado, me propuse revisar las alternativas de esa corta pero placentera estadía, visitando algunos sitios web para considerar la oferta del alojamiento. Pero la noticia en la pantalla aún me tiene pasmado: un Airbus A-310, con 150 pasajeros, acaba de precipitarse al mar frente a las Islas Comoras, entre Mozambique y Madagascar. Aún está muy presente la misteriosa catástrofe del A-447 de Air France, y pareciera que cuando un avión cae otros le siguen, lamentablemente en cadena.
Con Leah nos miramos, dudando ahora entre resignar el bendito canje o tentar a la desgracia.

